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Documentos y Escritos | Discursos y Notas
Carta Urgente a mi País 23 de Abril de 2002
¿Cuánto puede durar el apocalipsis duhaldista? ¿Dos semanas? ¿Dos meses, con suerte? A esta altura da más o menos lo mismo. El proceso de devastación ya está en marcha: este huracán se llevará lo que queda. En consecuencia, es posible que enfrentemos la disgregación final de las identidades políticas tradicionales de la Argentina, la desestructuración final del escaso orden económico que queda, y una crisis institucional y social nunca vista. La democracia está en riesgo; qué duda cabe. El huracán, en su arremetida, también la puede arrastrar hacia el abismo.
HISOTORIA PARA ENTENDER EL FUTURO
Pero este no es el primer huracán. Ya otros, tan fuertes y potentes, nos llevaron al final del proceso.
Pero la primera pregunta que nos deberíamos hacer es en el final de qué proceso estamos. Hay distintos niveles de análisis. En primer lugar, surge una máxima política: la Argentina nunca pudo procesar sus cambios sino a través de rupturas. En consecuencia, nunca tuvimos una clase dirigente que haya podido ampliar el horizonte de legitimación y participación, de modo que los cambios se produzcan en la continuidad democrática, política y económica. Por el contrario, las fuerzas anteriores se encierran sobre si mismas, esclerosadas, e impiden la circulación de nuevas fuerzas. Hasta que estas fuerzas antiguas se quiebran y producen el nacimiento de nuevos frentes políticos, nuevos movimientos nacionales.
El primer emergente de la irrupción de un proceso de cambio en la década de los noventa fue el surgimiento del Frepaso, una fuerza que –rogando por mayor transparencia y una mejor redistribución de los ingresos- empezaba a romper la tradición del bipartidismo que había dominado durante los últimos cincuenta años. Esa fuerza, en alianza con una de los partidos tradicionales, finalmente generó una posibilidad de cambio dentro del orden institucional; fue la primera posibilidad cierta que tuvo la Argentina de producir un cambio económico, político y social en un proceso de continuidad democrática.
El desembarco en la presidencia de Fernando De la Rúa responde a esta expectativa. Pero lo que hace De la Rúa es continuar el comportamiento de las fuerzas políticas tradicionales; en lugar de entender y canalizar el cambio, lo aborta. Consecuentemente, el gobierno de la Alianza, en vez de canalizar la transformación, traiciona la expectativa social y se repliega sobre si mismo. Es decir, da continuidad al viejo régimen que estaba agotado.
El primer emergente es una manifestación de cambio que ya no viene desde lo institucional sino que se produce por un quiebre: la renuncia de Chacho Alvarez. Ese fue el Primer Huracán. Porque su renuncia planteó dos problemas: en primer lugar el retiro de quien expresaba en ese momento la fuerza dinamizadora de una fractura del régimen bipartidista. En segundo lugar, la ruptura de la Alianza gobernante. Y, en paralelo al Primer Huracán, se produce la primera crisis de deuda. Ya ahí comienza un período de tres meses donde, quebrada la Alianza, los sectores que comandaron el régimen de acumulación y distribución de los ‘90 rodean definitivamente al debilitado partido radical, que se sostenía como podía en el gobierno.
En marzo se produce el Segundo Huracán, cuando De la Rúa intenta imponer al ministro de Economía con mayor respaldo del establishment financiero, Ricardo López Murphy, que llegaba para instaurar el gran ajuste. Pero, finalmente, resultó ser el primer ministro echado por el pueblo, porque fue la revuelta social que provocó el recorte en la educación lo que provocó su renuncia. Sin embargo, este escenario fue borrado de la memoria colectiva, al quedar esombrecido por un gran operativo que publicita la llegada del supuesto salvador, que en realidad no es otro que el autor del régimen. Cuando asume Domingo Cavallo queda en claro el panorama: él sería el portero que permitiría que el capital pueda retirarse de la Argentina ordenadamente, en un intento por evitar la "Puerta 12".
La asunción de Cavallo, asimismo, determina las primeras fracturas importantes en materia republicana: la sesión de facultades extraordinarias y la deuda garantizada con recaudación impositiva, que finalmente pudimos abortar en el Congreso. Garantizar la deuda con la recaudación y sacar las posiciones de capital e inversiones de la Argentina eran los objetivos que a lo largo de un año iban a permitir -una vez que se pudieran retirar los capitales que habían caracterizado al régimen durante la última década- terminar con la convertibilidad; allanado el camino, a su vez, para que algunos sectores de ese mismo capital se posicionen en el mercado de los comoditties y en la industria petrolera, que iban a ser los ganadores en la salida de la convertibilidad. Como en el ’82, Domingo Cavallo venía a preparar una fuga sistemática, garantizando la seguridad y la impunidad a quienes habían hecho los grande negociados de la década.
EL CORRALITO DE DUHALDE
Cuando finaliza todo el proceso de retiro de capitales, cuando permiten la fuga de las grandes inversiones pero también de los grandes depositantes de plazos fijos, cuando se seca la plaza de los ganadores, en el escenario financiero sólo quedan quienes habían depositado sus ahorros y confiado en el país; es decir, los perdedores del modelo.
Entonces, cuando ya no queda nada, Cavallo procede a impulsar el corralito, a pedido de dos de sus socios paradigmáticos; uno era Carlos Ruckauf, temeroso por la suerte del Banco Provincia; el otro era Eduardo Escassany, titular del banco Galicia. A mí me lo dijo el propio Mario Blejer, titular del Banco Central,: la extensión del corralito tenía como objetivo responder a las necesidades de esos dos bancos, en tanto que no era imprescindible para el resto de la banca.
El modo en que se pretende salir del corralito, congelando los depósitos, las cuentas a la vista y las cuentas sueldo, coincide también con la falta de ayuda del FMI; es el final del proceso de huida del capital el que habilita la devaluación. En resumen, el Fondo -que le siguió prestando al país durante todo el 2001 a efectos de permitir esa salida de capitales- deja de conceder préstamos cuando ya está impuesto el cerrojo bancario y las casas matrices de los bancos ya derivaron los títulos basura hacia las filiales argentina. Ahí el FMI muestra su juego: no le presta a la Argentina 1200 millones de dólares, pero le manda 14 mil millones a Brasil y 4 mil millones a Uruguay. La sentencia ya está decretada. Argentina debe salir de la convertibilidad. Hay que decirlo claramente: de la convertibilidad salimos con el corralito de Cavallo, no con el anuncio grandilocuente de Rodríguez Saá.
Sobre ese escenario de restricción monetaria, de aniquilación de vastos sectores de la población que sobrevivían en la economía informal, comienzan a circular los cuervos. Aquellos que querían anticipar la caída de De la Rúa, porque se estaban cayendo en sus propios abismos, como Ruckauf y De la Sota. Y aquellos otros que aparecían como la alternativa dolarizadora, y que soñaban con colocar en la Casa Rosada a Ramón Puerta, un representante del viejo régimen menemista-nosiglista que dominó la última década. El corralito era la herramienta ideal, porque creó una suerte de empobrecimiento súbito, que derivó en los episodios del 19 y 20 de diciembre que terminaron con la gestión de De la Rúa.
Ese es el Tercer Huracán: la salida de la convertibilidad, el retiro del capital especulativo, la ruina de grandes sectores de la sociedad y el interés desmesurado de algunos dirigentes de tomar el poder. Dicho huracán arrasó con casi todo: se llevó a la UCR, al Frepaso, a Cavallo y al principal candidato presidencial del PJ. De la tierra arrasada brota un pacto radical-peronista de sobrevivencia política, que lleva a Eduardo Duhalde al poder. El lema fue: "Nosotros o el abismo". Pero en los hechos, se trató más que nada de un acuerdo de preservación que puso las condiciones de su propio suicidio. Porque el mejor síntoma del estado de locura es que las personas no pueden ver la realidad: nadie en su sano juicio podía presumir que asumiendo por delegación de una asamblea legislativa sobreviviría dos años en un contexto de crisis social, de fuerte deslegitimación política y default económico. Sin embargo, insisten en el pacto, cuando deberían ordenar una salida institucional que permita evitar el riesgo democrático.
LA DEMOCRACIA EN PELIGRO
Ahora estamos ahí, en el Cuarto y último Huracán. ¿Qué será del país? ¿Qué será de nosotros después de la devastación? Ya veremos...
¿Cuál es el mayor riesgo? Perder la democracia. Pero los dirigentes políticos no sólo han puesto en juego la democracia, sino también la autoridad, con todo lo que eso significa. Han puesto en juego la democracia porque no hay forma de remendar el futuro próximo: las elecciones presidenciales que se viene serán caóticas sin remedio. Caóticas, desordenadas y riesgosas. Porque ante una renuncia de Duhalde, que está en una extrema debilidad política, ya no habrá más posibilidades de Asambleas Legislativas.
Y se sabe: si hay desorden, puede justificarse el orden. Y el orden puede ser alguna forma no clara de intervención con sectores duros del establishment y el apoyo de sectores de las Fuerzas Armadas. Esto no se puede descartar. ¿Por qué? Por la segunda consecuencia: la pérdida de la autoridad. Hay un estado donde la sociedad ha sido tan humillada, que se creó una singular desobediencia civil a cualquier autoridad. Ya nadie cree en los funcionarios públicos, y se está rompiendo el contrato social de obediencia a la ley que funda cualquier autoridad.
La crisis es mucho más profunda de lo que se cree. Cuando había golpes de estado, no había pérdida de la autoridad, sino ruptura institucional. Ahora el riesgo es doble: están en peligro la democracia y la autoridad. Posiblemente, quien surja de una elección no pueda reconstruir la ley de la autoridad, porque la desobediencia a la autoridad que funda la ley es un hecho gravísimo que la sociedad tarda mucho tiempo en reconstruir. Este es, en definitiva, el territorio devastado que nos dejan. Parece el escenario de una postguerra; de una guerra en la que hemos sido derrotados.
YO APELO
Hay una salida. En primer lugar, ellos deben asumir sus culpas y su responsabilidad institucional para intentar ordenar mínimamente el horizonte democrático. El primer deber de todos es asegurar la continuidad del sistema. Tenemos que llegar a unas elecciones lo más ordenadas posibles, con renovación total de los mandatos.
El desafío será construir un nuevo contrato moral que dé sustento a un nuevo contrato social. El contrato moral de una sociedad nunca es positivo; proviene de la tradición judeo-crisitiana y como tal es prohibitivo: no robar, no mentir, no gobernar contra los pobres, no votar por la inpunidad. Ese contrato tiene que formar nuevas proposiciones del deber ser. Y de ese mandato debe surgir la justicia, la verdad, la reconstrucción republicana, la inclusión social, la igualdad, el derecho como orden previsible. Esas propuestas construirán, a su vez, el nuevo contrato social de la Argentina, que podrá o no después expresarse en un nuevo contrato constitucional.
Nuestro deber ahora es provocar ese tránsito, para determinar un nuevo ambiente de confianza que determine la predicción en materia económica, la predicción en materia política, la predicción en materia jurídica. El camino será, bueno es saberlo, caótico. Mi apelación es, primero a la sociedad. Para avisarles: ya estamos en territorio devastado. Sin embargo, la gente debe saber que -como cuando se muere alguien en nuestra familia- la violencia sólo conduce a más violencia y es favorable al orden establecido. Por lo cual la resistencia debería ser activa pero pacífica. Y debemos tener la templanza para pasar los más difíciles momentos que haya pasado la Nación en los últimos 130 años.
Es también una apelación a los dirigentes económicos. Para que asuman la responsabilidad en el desastre en que han llevado a la Nación. Pero apelo asimismo a su racionalidad: no va a haber marco donde ellos puedan funcionar sino es el marco de la democracia. Si quieren jugar otro juego, sepan que serán juzgados.
Apelo a las Fuerzas Armadas; quizá están ante la oportunidad histórica de revindicarse ante su pueblo, actuando en defensa de la Constitución y no sometiéndose a presiones exteriores para intervenir en el proceso institucional.
Y apelo sobre todo a la clase política. Para que tengamos la grandeza de renunciar a nuestros mandatos. Para que tengamos la generosidad suficiente como para abrir un proceso donde la idea no sea que suba alguien para voltearlo en dos meses.
El recorrido es complicado, lo sé. Es cierto que a veces se siembra entre lágrimas. Pero siempre que se siembra entre lágrimas se cosecha entre canciones. En un territorio devastado, lo único no devastado pueden ser las conciencias. Y con las conciencias se puede construir otro país.
Sin humillaciones, claro. Hay que oponerse a la subversión económica, para que no se lleven lo poco que queda. Hay que oponerse a la ley de quiebras, porque vienen por la tierra de los argentinos. Hay que oponerse a la ley de bonos, porque significa la impunidad final para los bancos.
Y hay que resistir: todo esto va a ser revisado y cambiado.
Después del cuarto y último huracán, viene el parto.
* Carta (original) publicada en la Revista "3 PUNTOS" (Número 252; Año 5) |
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